Más pobre. ¿Más digna?

“We are looking URGENTLY for a Professional Journalist with experience in International Economy and Politics, who likes challenges”. Uno ve esto en Infojobs y empieza a soñar. El trabajo, según describen, consiste en hacer investigación sobre países, preparar y hacer entrevistas a personajes de perfil alto y escribir artículos. Perfecto. Decido plantarme directamente en sus oficinas.

Con permiso de Harry Dean Stanton, es idéntico al director

En el domicilio que la empresa, Global Review International, indica en su web solo queda el rastro de un letrero en la puerta y cartas sin recoger en el buzón. Llamo por teléfono y me dan la nueva dirección. La oficina está en un edificio de viviendas con algunos despachos. Tiene el aire medio señorial, medio rancio, que da un hall de entrada oscuro, el suelo de tarima crujiente y las grandes puertas correderas de un salón reconvertido en sala de reuniones. Solo se ve a un par de jóvenes extranjeras trabajando, y alguna conversación que roza la bronca entre una de ellas y el jefe, un hombre con acento uruguayo o argentino de unos 70 años. Ya que estoy me entrevistan y me hacen exámenes de inglés. Por la tarde me citan para hacer otra prueba el día siguiente. La última llamada es un viernes para que vaya a firmar el contrato el lunes. Me han dado el trabajo. Bingo.

Durante el fin de semana me da por investigar a la empresa. El director me pareció un pirata, no sabría explicar por qué, y empiezo a encontrar razones. Resulta que en un año se han mudado tres veces de oficina en Madrid. Puede ser. Ocurre también, sin embargo, que doy a parar con una orden de ejecución de embargo de una empresa con la misma actividad y todos los bienes, incluido un chalé en Marbella, de un tipo que se llama como el director de esta. Mosqueo en aumento. Sigo indagando y me encuentro con una declaración de insolvencia del hombre en cuestión dos años después. Quién sabe. Cosas que pasan.

Lunes. Me presentan mi contrato: arrendamiento de servicios por parte de otra sociedad con sede en el semiparaíso fiscal de Madeira (Portugal), por 1.200 euros. Explico que me quedaría mucho más tranquila si el contrato fuese con la empresa en la que me encuentro, con su CIF, su sometimiento a legislación española, y tal. No va a poder ser, me dicen, porque contratar aquí sale muy caro. Bueno, hablando de costes, “aquí habláis de remuneración neta, pero en realidad, si quitamos IRPF y si yo tengo que pagar la seguridad social como autónoma, esto se me queda en unos 700 euros”, señalo. “Ah, por eso no te preocupes, porque al estar la empresa en Madeira no tienes que pagar ni seguridad social ni IRPF ni nada. Y además te ponemos un seguro médico privado, que te atienden mejor y más rápido que en lo público”. “No, si no es solo por ir al médico, que por cierto ya lo puedo hacer. Son otras cosas, cotizar, jubilarme un día…”, intento explicar. Como solución, ya que insisto, el hombre sugiere que me coja “algún domicilio en Portugal” y pague los impuestos allí si quiero. Claro.

Repito que ese contrato me produce inquietud, como mínimo, y me contesta que es bastante mejor que los que vamos a tener con la reforma electoral. “Ya, pero es que yo estaría más cómoda con uno español, con todo en regla y tal”, vuelvo erre que erre con cara cándida. Y ahí es cuando introduzco el momento “y bueno, ya sabes que nosotros los periodistas somos unos cotillas, y yo no he podido evitar cotillear y me he encontrado con una orden de embargo contra tí en Marbella y dos años después, una declaración de insolvencia por tu parte”. “Ah, no, eso tiene que ser otra persona. Además, yo nunca he estado en Marbella”, responde con aire ofendido. “Pues fíjate que el nombre y apellidos coinciden exactamente con el tuyo, y el tipo de empresa es clavada, clavada a esta”, sigo, como confusa. El tipo continúa negándolo, y bueno, no me deja más remedio que sacar de la carpeta los boletines oficiales con las sentencias respectivas que me había llevado impresos. Fusilo toda posibilidad de que me contraten, pero llegados a este punto, soy yo quien no quiere trabajar ahí.

Al hombre le cambia el gesto. Se le tuerce la boca, se atusa el pelo. Reconoce que sí había vivido en Marbella; que sí tuvo un problema laboral que acabó en juicio con una mujer. Pero con cara de pocker, sostiene que es la primera vez que ve esas sentencias, y que el chalet marbellí no se lo embargaron porque lo vendió. Después me acompañó a la puerta con la promesa de consultar con sus  inexistentes accionistas la posibilidad de hacerme un contrato español. Hasta ahora, claro.

Al salir de allí me ví bastante más pobre, pero un grado más digna. Hoy en realidad lo que me parece es que soy gilipollas…

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2 pensamientos en “Más pobre. ¿Más digna?

  1. No se entiende el final, lo de sentirse gilipollas, pues se libró usted de caer en manos de un ganster.

    Precisamente esa clase de “contratos extranjeros”, entre otras cosas, parece que es lo que negocia poder hacer ese empresario que ofrece crear un Las Vegas al lado de Madrid o Barcelona, donde le pongan mas barato los terrenos, los impuestos, las leyes y la gente.

    Me pareció que no vino a cuento mostrar lo que sabia uste de el, salvo si el proposito es someter a extorsion al pajarraco bajo la amenaza de descubrirle el nuevo chiringuito.

    En realidad no era posible un contrato bueno con ese sietesuelas, pues o eres un don nadie que hace lo que te mandan y pechas con fregados a cuenta propia y beneficio suyo, o no hay nada.

    • Bueno, lo de gilipollas es porque ahora me veo con dificultades para pagar el alquiler y a ratos me pregunto si no debería haberlo aceptado temporalmente.
      Una amiga mía coincide en que no vino a cuento mostrarle lo que sabía de él. Y seguramente tengáis razón, pero no lo pude evitar. Me estaba vacilando a la cara y me cansé. Llegados a ese punto, mi objetivo ya no era conseguir un buen contrato (en realidad en ningún momento lo fue. Me habría conformado con uno que fuese español), ni mucho menos extorsionarle. Fue algo más simple; un “no me cuentes historias, caradura”.

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